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domingo, 26 de marzo de 2017

EL NIÑO DEL RIO ÉBOLA






A continuación un relato sobre las condiciones e ilusiones en torno a la enfermedad del ébola, desde la perspectiva de un niño, bajo la difícil situación sanitaria y la ruda situación del periodismo en África.

                                                                                              Por Carlos Valdés Martín

—De la aldea me expulsaron moribundo, como se acostumbraba. Esa horrible enfermedad siempre es tabú...
El periodista había logrado una entrevista que le daría prestigio; por cierto, le urgía por motivos íntimos. Al centro de esa oficina modesta, se le notaba agitado, cuando guiñaba y tamborileaba los dedos. Esa oficina de prensa se oculta entre pasillos discretos del sótano de un hospital.
Al periodista lo observaba Eva, la encargada de comunicaciones del Ministerio de Salud. Ella se encargaba de temas escabrosos, dosificando las informaciones para la prensa y, por tanto, para el gran público. Con discreción y mano firme cuidaba el comportamiento de él.
Al otro lado del teléfono se escuchaba la voz, de tono cenizo y sin edad, mientras por instantes amenazaba con cortarse el servicio telefónico. Nada interrumpía la atención del periodista sobre el relato que provenía del auricular: 
—En mi aldea elegían a alguno para entregarlo a los espíritus de la selva. Esa vez, mi tío Ismael se atrevió a cargarme a sus espaldas; yo ya no aguantaba ese cansancio, así que él me cargó. Al auparme rompió el tabú, que nadie debería tocarme. Sobre sus espaldas grandes me llevó. Ahí nadie lo ayudaría y él, a su vez, quedaría expulsado, aunque luego de depositarme ya no podría quedarse ni acompañarme… Este bosque alrededor del Río se llama Loma Tancú, el bosque bordea al Río y, a la distancia parece una isla pues su entrada es pequeña… Cuando llegué sangraba por los ojos y las axilas. Si mamá me buscaba quedaría condenada y ningún vecino lo permitiría; si ella me acompañaba también la matarían y los demás hermanos quedarían huérfanos.
El Tancú es una zona tabú: los vecinos creen que abandonando a un niño para morir ahí, el Río Ébola dejará de fluir su enfermedad del sangrado mortal. Para un acto tan cruel les motiva alguna esperanza: a veces, la enfermedad desaparece durante años.
Tras un quejido que sonaba a lágrimas contenidas, la voz continuó:
—A veces lo escuché en la radio… la enfermedad desapareció. En la temporada lluviosa crece la muerte y en la seca amaina. Unas veces la enfermedad cosecha miles de cadáveres y luego desaparece; sale el sol y como si nunca nada hubiera azotado a las aldeas.
Quien escucha y anota es un periodista de la capital de Camerún quien interroga a distancia, curioso por el rumor que se ha convertido casi en leyenda: Un niño abandonado en la selva sobrevivió y, luego de años, queda inmune al temido Ébola. Ahora el gobierno local experimenta con su inmunidad, lo pone a prueba asilándolo en los campamentos donde son concentrados los enfermos. Al acercarse a esos enfermos los atemorizados doctores y enfermeras se visten como si fuesen astronautas, con blancos trajes espaciales totalmente tapados y protegidos con máscaras de respiración, para evitar tocar o aspirar en esos sitios de miedo. En cambio, ese chico —o más bien una persona pequeña y sin edad—, se pasea casi desnudo entre los enfermos, bien dispuesto a ayudar en lo que su inocencia le permite.
En curiosa reacción, la frente del periodista condensa gotas de sudor como si sufriera de terror ante el virus distante. Es incomprensible la expresión de miedo que trasluce mientras hace su entrevista. Él sigue con interés:
—Volvamos al principio de tu relato. Cuéntame ¿Tu tío murió contagiado?
—Es triste decir que sí murió, pasaron muchos años sin saberlo… quedé aislado y nadie debía visitarme… pasaron unos cien años.
El periodista le interrumpe y corrige:
—Pero tú no tienes cien años.
—Es cierto —reinicia con una voz que acumula un cansancio súbito— no sé cuántos años tengo yo. Discúlpeme, que todavía no sé contar ni sé casi nada de la escuela; no tenía dónde estudiar. Estando solo en el bosque se olvida hasta de hablar; así, fue al inicio, sin nadie fui olvidando hasta el hablar.
—¿Cómo lo olvidas?
—El tabú era dejarme solo —volvió a subir el tono y se escuchaba más ronco, aunque el sonido se entrecortó— como un adulto; quizá hasta un viejo…
Las palabras se distorsionaron por el micrófono y el periodista se inquietó, temiendo que el entrevistado callara.
—Debes contar tu historia… toda.
—Sí, claro, —el sonido volvió a recuperarse— ahora que mi sangre sobrevivió al Ébola, hay gente contenta, pero a los enfermos les temen.
—Pero “Niño”, el mundo va a saber, habrá esperanza para la gente enferma.
De otro lado provino, otro chillido extraño causado por la recepción fallando.  Aguardando que mejorara la señal, revisé las notas del periodista que resumían la existencia y penalidades de ese “Niño”:
Nombre: Kenú Boneón.
Edad: 60.
Fecha de inicio: Sin fecha definida (estimar con 5 años de edad a la actualidad).
Tratamiento inicial: NO.
Tratamiento actual: NINGUNO!!!
Especificación: Fue abandonado solitario en Tancú.
Observación: No localizamos familiares, al parecer, todos fallecidos por Ébola.
Secuelas permanentes: Pérdida de la mano izquierda y del ojo derecho.
Descubrimiento: Desarrolló inmunidad espontánea a la enfermedad, posiblemente tras exposición repetida.
Protocolo: Investigar contacto con paciente contagiados por nuevos brotes de Ébola.
Recomendación: Recluirlo en observación por 45 días en campamento de enfermos de Yambuku.
Eso era todo en la ficha de apuntes.
El cuarto blanco y de paredes desnudas, solo albergaba un escritorio simple y un teléfono. La falta de mobiliarios e insignias no permitía adivinar que era un recinto del Ministerio de Salud. Era la oficina de Comunicación Social donde atendía al periodista a condición del anonimato. Se restableció la línea:
—Si olvidaste hablar ¿cómo volviste a hacerlo?
—Del hambre y el silencio me salvó el Ermitaño, que era el otro habitante del bosque, pero al principio no supe que merodeaba en el mismo sitio. Él cultivaba frutas y yuca, atrapaba a los chivos que los lugareños habían ofrendado en el sitio. Cuando fui abandonado los vecinos ignoraban sobre su existencia, se supone que ese bosque es tabú completo y nada más el ofrendado debe permanecer ahí. El Ermitaño se ocultaba y no hablaba con nadie, pero se compadeció de mi cuerpecito con llagas y dejó comida cada noche junto a mí. Eso me alimentó; pero los primeros años nunca me habló. Luego se presentó. Me permitió acercarme a su cueva y empezó a hablarme, aunque muy poco, que era callado.
**
La voz se interrumpió con una disculpa. El periodista volvió a mirar sus notas. Comenzó a preguntarme sobre los programas del gobierno contra el Ébola y por qué estaban estancados. Le indiqué que debería limitarse a los boletines de prensa y que la entrevista al “Niño” era una enorme concesión.
—Ya sé, usted debe ser discreta; me conformaré con esta entrevista exclusiva, por ahora me conformaré.
Lo dejé un momento, solo a la espera de continuar su llamada y cuando regresé escuché en el altavoz:
—Un bote encalló; venía por el río y su marinero murió por la enfermedad. El triste marinero era una masa de sangre y carne. Sonaba un radio adentro, así que entré a ver por más sobrevivientes. Y nada más saqué el radio portátil. Después el Ermitaño me enseñó a usarlo. En el radio de Onda Corta volví a aprender las palabras, recodé cómo hablar el idioma francés… Luego el Ermitaño me enseñó a sobrevivir solitario en el bosque, aprendí a mirar la estrellas para orientarme y regresar; aprendí a distinguir yerbas buenas, a plantar para comer o curar; aprendí a esconderme si se acercaban extraños; en el vuelo de los pájaros aprendía a anticipar la proximidad de las fieras… aprendí a valerme. Una madrugada el viejo Ermitaño murió aunque no fue por el Ébola. Luego entonces… la tristeza me comía el alma. Por la compañía del Ermitaño ya no estaba acostumbrado a tanta soledad. No me atrevía a escapar del bosque, que ahí era mi casa. Además río abajo había un guardia que no permitía el paso… Eso me lo explicó el Ermitaño y a hurtadillas una vez que miraba, vi cómo el guardia desde arriba de una caseta de palma, alta como árbol, disparaba contra alguien que merodeaba.
—Pero ¿cuándo saliste del bosque?
—En el radio escuché que una caravana del Príncipe Bingna ayudaba a gente con Ébola. Eso me alegró mucho y quise conocerlo. Antes creí que todo el mundo odiaba a los enfermos. Eso lo sabía por lo de mi aldea y por palabras del Ermitaño, que él era un fugitivo por otros motivos. Había sido condenado por una mentira, lo acusaban de ladrón. Venía de Camerún igual que yo y decía que las fronteras eran algo triste que separa, como una montaña, aunque no siempre es así.
El periodista interrumpió, indicándole que era mejor centrarse en su propio relato y no en su amigo, así que continuó:
—Luego, una noche cargué lo poco que poseía; ese radio y algo de comida. Salí en la noche para que el guardián no me descubriera. Salí del bosque, atravesé el puesto y rio abajo, hacia donde una vez platicó el Ermitaño que había mucha gente. En un día de caminar sin descanso encontré una carretera y seguí sin detenerme. Miré por primera vez automóviles y tanta gente vestida. En el bosque casi no se usa ropa, casi estaba yo desnudo. Miré las primeras casas y comencé a acordarme de mi aldea, cuando era niño, cómo eran sus techos de palma y esa ciudad era tan distinta. Les preguntaba si alguien me ayudaría a encontrar la caravana y me sentí triste porque explicaron que cualquier caravana se anda moviendo de un pueblo a otro, que no estaban en esa ciudad. Los curiosos me preguntaban si había sobrevivido a la temida enfermedad, porque notaban las huellas y no querían tocarme. Cuando les decía que fue hace mucho, cuando niño, ellos suspiraban, luego supe que suspiraban de asustados.
En unos minutos regresé y observé con más detenimiento al periodista. Era de mediana edad y corpulento. Su cara la dominaban lentes de pasta gruesa sobre la nariz chata, con una cicatriz pequeña junto a la nariz. El pelo crespo asomaba sus primeras canas, al parecer, prematuras. Dos arrugas de la frente denotaban preocupación. Sus gestos oscilaban entre la preocupación nerviosa y la amabilidad. El cuello de la camisa parecía más arrugado de lo usual; así que mientras seguía platicando, me acerqué para alisarlo. No notó mi acercamiento, pero cuando le puse mi mano en el cuello, saltó movido por un reflejo. La brusquedad de su movimiento jalonó el cuello de su camisa, que descubrió una llaga grande: la típica llaga sangrante del Ébola.
Con espanto y hasta enojo lo mire fijamente. Él pidió silencio a su entrevistado y dejó de hablar. Moví la cabeza al observarlo, esperando que él comenzara la explicación. El silencio se volvió molesto y su frente sudó más notoriamente. Comenzó a explicarse:
—Sí, estoy enfermo, por eso me interesa tanto reportar un caso extraordinario de inmunidad.
Volvió un silencio incómodo, entonces le respondí:
—En estos momentos ya deberías estar hospitalizado. La oportunidad de salvarte se reduce cada minuto y me estás exponiendo a un riesgo.
Sonrió a modo de súplica:
—Nada más podrías esperarme afuera, unos minutos más para terminar con el “Niño” y, si gustas, trae a los médicos.
Con un movimiento suave salí y cerré con llave la oficina. Lo encerré por precaución. El estómago se me anudó, nada más de imaginar que me internarían para una cuarentena de observación. Luego pulsé el botón rojo para emergencias sanitarias.


lunes, 26 de diciembre de 2016

¿PREGUNTAS SOBRE EL PRIMER AMOR?






                                                                                              Por Carlos Valdés Martín

Previo: Sigue un cuento, surgido del reto para escribir un relato con frases interrogativas únicamente. El clásico “Romeo y Julieta” inspiró este artificio, el momento de duda durante el encuentro de los enamorados, confirma una tesis sobre el carácter oscilatorio y dubitativo del amor juvenil para la tradición occidental. Además, actualizar un clásico tan reconocido facilita digerir la interrogación perpetua.

“¿Quién eres tú, que así, encubierto por la noche, de tal modo vienes a dar con mi secreto?” Romeo y Julieta[1]

¿Qué preguntas provoca cada Primer Amor? ¿Entre todas cuál es la crucial, en la que se juega la felicidad o irrumpe la desdicha junto con el olvido?
¿Asombrada la amada por la presencia de él, tan súbita en ese instante, que jamás lo anticiparía por nocturno —por la hora de lo oculto, que nace furtivo y permanecerá embozándose a perpetuidad— y por fugaz en el sentido de breve? ¿Es esa la aparición repentina que llamamos fantasma o Destino que escapa a modo de sueño sin retorno, tan rápido que hasta la memoria nos engaña cuando intentamos recordar? ¿Cómo explicar que esa imagen creció súbita cual magma bajo el volcán que se eleva a tal velocidad y presión que su imagen queda borrosa, como las pasiones que por tan sinceras carecen de palabras para expresarse? ¿Encerrar al óvulo enamorado de su contraparte dentro de la chimenea de volcán, bajo presión del magma escalando a un millón de grados caloríficos, buscando a la superficie y la cumbre (ambas a la vez) más altas, convertidas en emoción lista para catapultarse hacia los cielos? ¿Verdad que eso es la pasión, encarnada en rosa que anhela más vida, tan caliente que funde la tierra, tan exaltada que vuelve la piedra (recién cristalizada) en aerolito terrestre que persigue las nubes, mientras gime con el rugido del volcán explotando? ¿Tanta pasión capaz de arrasar a una montaña, qué no haría para mover a un planeta (aislado y aburrido) o a una existencia adolescente?
—¿Te colaste al balcón sin ser visto —ella cuestiona (she wonders[2]) con sonrisa de satisfacción sobrepuesta a su sobresalto—, con el guardia vigilando? ¿Cómo, Dios mío?
—¿No recuerdas la manera en que llegué la primera vez, entre oscuros presagios, durante esa noche que anunciaba tormentas, siguiendo al frágil tordillo que eludía al gato y al halcón, cuando mi precaución abandonó cualquier reserva y por seguirte, rompí el juramento de prudencia y abandoné cualquier tranquilidad?
¿Se trasluce que bajo la fraseología pomposa del enamorado la ruta de acceso es tan simple como que hay un árbol torcido que desde la calle permite escalar y posarse sobre la barda vigilada, además que el guardia nocturno se queda dormido por las noches? ¿El lector captará que las noches tibias y con aroma de lavanda son mejores que las tormentosas para los amores felices, pero que uno predestinado al fracaso debe envolverse entre presagios de tormenta; como esas borrascas antecedidas por lejanísimos volcanes despertando? ¿Resulta suficiente describir la alcoba juvenil y austera que guarda a una doncella, en su virginal determinación de mantenerse incólume hasta el día pactado para una boda, de esas bodas perfectas que se contratan en un salón enorme e iluminado, adornando por diez mil moños blancos y sedas artificiales, junto con adornos florales en cada mesa, con pastel de cuatro pisos orlados con barroquismos de merengue azul y blanco; palpitante la novia adornada por el vaporoso vestido más albo que los ensueños de las nubes, pues un sacerdote regordete y de mirada plácida, en medio de las mil invitaciones para todos los familiares, incluido el perrito chihuahueño de la tía solterona? ¿Ese cuarto privado de la adolescente al descorrer el velo se convierte en un templo y queda en recinto sacro para sitiar la inocencia plena de quien fuera una niña despertada en mujer, latiendo a diez mil revoluciones por minuto para soñar incansable con su Romeo, que en esta versión se llama Booz?
¿Esa ventana siempre ha señalado hacia un jardín adornado por setos recortados, como un laberinto doméstico plácido de tantas caricias de los jardineros que durante décadas han podado los arbustos boj, hasta convertirlos en cómplices del paisaje doméstico; como señalando que la juventud no está presta para desbordarse en pasiones ilegítimas? ¿Qué decir del portón con un escudo heráldico como para recordar que esa no es una simple casa, sino un castillo disfrazado, que la barda ha agregado un guardia que vigila y está literalmente armado, aunque en las noches que preludian lluvia prefiere dormir, porque los empleos de guardia están mal pagados y doblan turnos, por lo que jamás la seguridad de una casa-castillo es completa, pues siempre hay galanes dispuestos a burlar murallas y balcones? ¿Era lo suficientemente brumosa para alentar la aventura del corazón juvenil y enamorado de este pretendiente, sin duda reciente, pero sí decidido o bien esa noche era tan tranquila no le anunciaba ningún final triste a la enamorada, que en la pila de bautismo la nombraron Joaquina, aunque sus tías la designaban con el apelativo de Quina, como antiguo remedio contra males tropicales?
¿Hay espacio para referirnos a la altura del balcón y a la trama de impedimentos que evitan los amores juveniles, siendo que la altura es poca para escalarla, posando los pies entre una oportuna enredadera, mientras que las estaciones mantienen perene y verde a dicha planta que se levanta, cual emblema de las complicaciones literarias que acompañan a los enamorados febriles?
¿A qué otra edad se desencadena el amor, si no en la juventud enérgica y pletórica de savias, de líquidos secretos y emanaciones sutiles, provenientes tanto del aire como de la tierra? ¿Para qué hablar de vaguedades si ella era hermosa, más que la Luna reflejada en la laguna o las hierbas brotando al alba, más que las gotas de rocío escurriéndose entre los pétalo, más las tonalidades rosadas del ocaso; era más bella que los poemas cursis y doblemente radiante cuando Joaquina los escuchaba? ¿Bajo qué hado estelar sucede que las enamoradas más ardientes son las hermanas menores? ¿Aman más, sin medida ni clemencia, esas hermanas menores porque la irresponsabilidad deja crecer el corazón hasta tocar los cielos y los infiernos en un arco súbito?  ¿Por qué es más grande el amor prohibido, cuando los celos inconfesados del padre se extienden en murallas, a modo de castillos de la pureza, con educaciones clericales —tan equívocas como trágicas— que pretenden cavar el pozo justo a los pies de la doncella, para que baste un paso y caiga en su pasión de profundidades; atrapada por la ignorancia de los encierros dentro de su corazón impetuoso? ¿Es la ingenuidad paternal la que provoca ese efecto de resorte en los corazones juveniles cuando se les niega lo que más ansían y se les veda en la carne lo que ha crecido en su imaginación? ¿A poco no está ya consagrado por la tradición el dicho de que “lo más ausente es lo más querido”, como para indicar que los corazones vacíos se colman de quimeras bajo aleteos de Cupido que los incita a su preciosa libertad?
¿No se distrae el lector si nos enfocamos de nuevo, en que el enamorado ya está encaramado sobre el balcón dispuesto a la cita, ya traspasado el laberinto de los arbustos boj, y sobrepasados el muro, la noche y el guardia?
—¿Has enloquecido Booz? ¿No te dije que ahora mi padre sí está en casa, que regresó de la campaña (referencia a la lejana conflagración que se libra entre las arenas del desierto) y él oculta un arma, una que presumió ante sus amigos íntimos con los cuales bebió y parrandeó antier; que si bien por el silencio que reina ahora presumo que él duerme, pero aún abrigo el temor de los más negros presentimientos?
—¿Debemos ceder, mi amada, a tus negros presentimientos, cuando para mi corazón la adversidad de una beca al extranjero levanta una amenaza ciertísima; pues he venido para lamentar que mis padres pretenden que una carrera en este país representa poca monta, así que han conseguido la carrera de ingeniería electrónica para cursarla en el extranjero, la cual dura tres años, que medida contra esta ardiente pasión son tres siglos más tres milenios, pues ya no resisto ni siquiera que una barda me separe de ti, mi amada Joaquina?
—¿Tres años —resuena la voz temblorosa que convierte a la sonrisa espléndida en mueca de temor— en mi propio calendario son tres siglos o tres milenios o tres millones de siglos?
¿Bastan unas pocas líneas para explicar que él franqueó el balcón para abrazar a su amada con una ilusión tan simple y feroz como la determinación de obtener la “prueba de amor”, de una vez y para siempre, antecediendo a las declaratorias de noviazgo previas, saltándose las trancas de la boda, al fin y, al cabo, siendo una pretensión social y hasta una ilusión de quinceañeras y futuras madres, las bodas no vedan las pasiones amorosas, y, aún menos, se anteponen a los ímpetus de juventud?
¿Ella no se daba cuenta que esos instantes son de los que cambian la existencia entera, que trastocan los sueños y los planes, colocándose sobre el tobogán adicionado con agua resbaladiza para que nada detenga la caída? ¿Qué le preocupaban a ella las escasas clases con el tema “educación sexual” y las mil advertencias de su madre, cuando él, su príncipe de carne y hueso, al que casi solamente conocía por mensajes, chats, redes sociales, telefonemas y dibujos entre las nubes, le indicaba la terrible amenaza de una separación tan prolongada? ¿No lo conocía como si hubieran nacido juntos aunque las oportunidades para verlo fueran tres fugaces, la primera en la boda de una prima, una mayor que sí se rodeó de los diez mil moños blancos, vajillas y candelabros, rodeando al pastel blanco de muchos pisos con los muñequitos de pareja coronando la escena, para redondear a la boda en la iglesia? ¿Qué más necesitaba ella saber de las intenciones de él y sus hábitos alimenticios que no se lo mostrara el color verde de sus ojos en un segundo breve?
¿Toda esa electricidad de las noches en vela cómo se transmite con un solo roce de manos y luego en un beso, labio contra labio, torpe y juvenil? ¿Es semejando la ruptura del dique de las aguas antiguas: diáfanas, de transparencia que alcanza las honduras de los siglos adolescentes, aún dormidas pero impetuosas a la menor provocación, que liberadas ya no se detendrán en sus cascadas aluviales? ¿Ella sintió lo que él captaba, sí, él con esa fogosidad de la urgencia, para acometer en ese instante preciso lo que soñaba en fotografías prometedoras de carteles publicitarios y revistas para adultos; esa satisfacción inmediata de la testosterona acumulada, que no resuelven los agotadores juegos deportivos ni las duchas frías por la madrugada? ¿Él olfateó los siglos femeninos de reposo despertando en un volcán de ovulaciones y latidos convertidos en piel fresca, cómplice hasta con los hoyuelos de sus mejillas que se dibujaban al besarla, mientras ella sonríe?
¿Nadie en la mansión los escuchaba excepto la hermana mayor, Galatea, cómplice en la habitación de al lado? ¿Fue el resorte de curiosidad malsana lo que de inmediato levantó a Galatea para husmear tras la puerta y olfatear la entrada de otro mancebo, como ella misma lo logró años antes, aunque ella lo había cumplido con un ardid ingenioso (al menos para la edad) de convencerlo para que se ocultara en la cajuela del automóvil paterno tras un paseo inocente y sacarlo a hurtadillas, dejándolo a resguardo, en el cuartito de la jardinería, sitio poco romántico; sin embargo, ella era de otro temperamento y tenía la urgencia de romper con estorbosas convenciones y con el tabú de que las niñas llegan vírgenes al matrimonio? ¿Bastará describir el silencio general y que las alarmas electrónicas ni eran tantas ni tan eficientes para detener intrusos juveniles, bajo la falsa impresión de que basta una prestigiosa marca, con un rimbombante nombre internacional para que una alarma electrónica proteja la honra de una heráldica familiar contra los ardores de las pasiones juveniles? ¿Cómo fue que la madre de Joaquina mantenía una fe ciega en torno a que la chica seguiría sus consejos para alcanzar la condición perfecta para el matrimonio? ¿Sería porque la hija mayor había cumplido a cabalidad la agenda implícita, tornándose en una joven “señora de Hirales”, apellido de abolengo y riqueza en la comarca? ¿Habiéndose cumplido con tanta facilidad los sueños de la madre sobre la hija mayor, para qué ocuparse demasiado de las menores que en las comidas familiares semejaban borreguitos obedientes y siempre reportaban calificaciones en la escuela (argumento implícito: alta calificación escolar equivale a obediencia familiar, lo cual es una ilusión en este caso), para qué perseguir lo que ocurre tras la alcoba individual en una mansión?
—¿Te he dicho cuanto de te amo, Booz, —le besaba mientras ellas le quitaba la ropa, lo cual lo sorprendía a él, pues esperaba alguna resistencia, ante los ruegos que ya traía preparados sobre la exigencia de una prueba de amor ante su salida hacia la lejana beca en el extranjero otorgada por tres años que parecerías siglos o más bien milenios— y quisiera derribar los cielos antes que permitir tu partida… antes que nada me jurarás amor eterno, que jamás me cambiarás por una rubia desabrida de Canadá, que la nieve esquimal (por alguna equivocación ella suponía que esa estepa quedaba plagada de esquimales) no cambiará tu corazón?
¿Verdad que el macho y conquistador es incapaz de resistirse cuando la iniciativa salta hacia la hembra, presurosa y hasta desesperada para retener con otra cadena un sentimiento que está alejándose? ¿Es consistente explicar que ante la súbita facilidad se le empezaron a olvidar los argumentos, mientras ella lo acercaba hacia la cama individual convertida en el “tálamo del amor” que cantaron los poetas antiguos?
¿Él se atemorizó mientras la amada colocaba el cerrojo de la puerta al escuchar los tres golpes cómplices de Galatea que le indicaba el encerramiento, sabedora que tras la pared de su hermana mayor se encendería el sonido musical, cual barrera cómplice, disimulo de sororidad, para consumar una ilusión compartida?
—¿Y si quedas embarazada, Joaquina?
—¿No has escuchado de la sangre derramada, del vertimiento voluntario y en íntimo sacrificio, de las ensoñaciones que desmaterializan los embarazos, por no hablar de la contra-concepción?
¿Debo explicar que para ella la visita era imprevista, en cuanto tiempo modo y lugar pero ya había platicado con hermanas y amigas, además de cavilado cientos de veces la hipótesis de consumar su pasión con Booz, bajo escenas diversas pletóricas y también sobre las adversas consecuencias; sin embargo, en ese segundo se abrió una hipótesis que Joaquina no había contemplado: embarazarse para obligarlo a regresar, para que fueran uno solo en la vida, para que formaran una familia de modo súbito? ¿Cómo controlar a la lava bajo el volcán corriendo tan aprisa que hasta su recuerdo es borroso, magma flanqueado por pasiones de tan sinceras que no hay sílabas para expresarlas? ¿Encarcelar al óvulo enamorado, en ebullición a un millón de grados Celsius, trepando hasta los cielos y sus ángeles? ¿Cuánta pasión basta para fundir la roca, volviendo líquidos los rigores y lanzándolos hasta las nubes entre gemidos que recuerda las voces de los volcanes cuando despiertan al sexo? ¿De qué modo crece una imagen, sino es con una emanación visceral, cálida y expansiva, tan rápida como anclada en los siglos pretéritos? ¿Si no lo sé de ciencia cierta, soy apto para expresar, ese raudal de efluvios que surgen en la mente por un instante, que no pretenden algo malo, sino nada más lo pleno y lo más vibrante de la juventud que es Eros, sin embargo arrastran decisiones que no parecen tales, sino caprichos —robustos y misteriosos porque están en consonancia con la naturaleza humana?
¿Él comprendía los designios ocultos que surgían en ella —no lo creo, ni lo preguntaré más para no sobre-abundar cuestionamientos—, siendo que ni ella misma los había pronunciado jamás en voz alta; aunque el día de mañana los compartiría con su mejor amiga, en la que más confiaba y con quien pensaba hablando en voz alta para aclarar su mente? ¿Al menos él se daba cuenta que las mentiras por piadosas que sean tienen consecuencias y eso de la beca a Canadá era una mentira que le propuso su mejor amigo, el Charly, —ese que le llevaba kilómetros en experiencias con mujeres, y que era un donjuán nato, con habilidad para seducir hasta a señoras robustas— quien le explicó que un motivo de separación urgente es un arma imbatible para proponerle a una novia la urgente “prueba de amor”? ¿La mentada “prueba de amor” no es una frase tan trillada, como el “vestido de novia”, a modo de ardid para presionar a la contraparte hasta la intimidad, como si el querer comenzara y terminara con un superficial probadita, como si se requiriera una probadita de fruta para animarse a comprar el kilo de mango en el mercado público? ¿Es ya una tragedia la mutua ignorancia de los planes secretos de cada quien, porque él no viajaría a Canadá por tres años cual tres siglos como milenios? ¿Qué importa la mutua ignorancia de los planes futuros entre dos adolescentes cuando la música atraviesa la pared cual suave murmullo, con una música romántica, elegida a propósito y con la intensidad minuciosamente planeada por Galatea para disimular ante cualquier insomne lo que sucede en ese cuarto convertido en lecho nupcial para el Primer Amor? ¿Qué tan enorme es el Primer Amor, aunque para él no lo fuera en un sentido tan estricto, cuando había estado prendado de las imágenes de las voluptuosas e inalcanzables actrices del cine y las revistas? ¿Cómo medir lo inalcanzable del Primero, que se levanta como pedestal olímpico, cuando lo comparamos precisamente con tales visiones vaporosas o eléctricas tras pantallas de cristal; pues sin importar la nitidez de las imágenes a distancia, la íntima oscuridad nos transporta hacia otro planeta, al de las verdades subterráneas, la últimas y primeras, desde donde nace la vida y hasta donde termina el camposanto?
¿Tardaría en explicar esa sonrisa cómplice y ruborosa de jóvenes que por primera vez están desnudos el uno ante la otra, aunque la penumbra los cobije, ellos se saben desnudos, así se sienten y sus cuerpos tiemblan de tan inexpertos, aunque no escribo “temblar” en sentido figurativo sino en lo textual de los labios y los dedos temblando como si una nevada súbita entrara en los huesos haciéndolos titiritar, aunque no con frío sino calor, ese extremo de calidez brotando entre poros y dobleces? ¿Qué los escritores no conocemos el rubor de las escenas, arrodillándonos ante lo más excelso que diseñó el Primer Motor, para permanecer en silencio un instante cuando los corazones en ebullición traspasan el acto que fue censurado por milenios sin que ahora seamos capaces de justificar el motivo de tantos tabús? ¿Si el personaje solamente habita en la media luz de sus anhelos para qué lo exponemos a una irradiación tan intensa que dejaría encandiladas las pupilas hasta la eternidad, entonces sea definida esa media luz perpetua para ese gesto tan incipiente como definitivo que nombramos con la frase: “la primera vez”? ¿Cómo explicar con palabras tan sencillas sin caer en lo burdo que el macho adolescente por su constitución apresura sus actos mientras la hembra queda perpleja con tales prisas? ¿Bastan estas palabras para sintetizar que la plena decisión de doncella, ese plan secreto y posterior, se enturbió por el desgarramiento del himen —menos doloroso de lo que se supone pero asaz inquietante— para atravesar por un torrente de edades, donde ella recorrió desde la tierna infancia hasta la tumba de la noche cósmica para no detenerse en la vejez, sino regresar, porque la pasión le hizo recordar algo de sus estudios, por lo que opinó que requería de suavidades iniciales y reiniciar todo el proceso? ¿Qué sucede con el varón, nervioso e inexperto que ha terminado en un jaloneo agónico de unos cuantos segundo; de repente se acuerda de las recomendaciones y, tan engreído por haber traspasado la gran puerta como apenado por el bajo rendimiento, se mentaliza para convertir un episodio en dos o más?
—¿Qué no hay más? ¿Tu pasión se agota en un chispazo?
¿A caso la respuesta de él no es obvia, junto con los pretextos de que “es que estoy tan emocionado y te amo tanto” son evidentes, acompañados con respiraciones intensas y gestos corporales para para continuar con la revancha? ¿Con qué pensamientos se explica ella misma, Joaquina, que el ardor está subiendo a pesar del dolor inicial, a pesar de la humedad subsecuente, a pesar que la mirada sobre la desnudez no era lo que imaginaba, sino algo curioso e inesperado? ¿En qué libro de anatomía se expone el punto físico donde el gusto juvenil se comienza a trasladar en gemidos y efusiones? ¿Iría a prever Joaquina que sus siguientes reacciones culminarían en una especie de gritos entrecortados que terminarían por despertar al celoso y casi paranoico padre, quien en su estado normal era un proveedor confiable y casi heroico?
¿Es válido colocar una interrogación dentro de otra, como si aquí no volviéramos —a preguntar ¿cómo transitar desde la intimidad en plenitud de los cielos que se abren y el planeta entero baila de gozo hasta el temblor espantoso de los gritos?— en un efecto newtoniano de que “a toda acción corresponde una reacción igual pero en sentido contrario”, siendo que un momento pleno está adosado al horrible con peculiar exactitud que convierte a la novela rosa en melodrama?
¿Vale argüir y justificar: no es que el padre fuese de ordinario tan agresivo… pero los gritos entrecortados de la noche provocan miedos que el día desconoce; y con una pistola cerca del buró de dormir, pues solamente Dios sabe qué reacciones de galo feudal se despierten en la oscuridad? ¿Se diría que el patriarca está despierto o más bien somnoliento y alarmado, únicamente se despierta la bestia instintiva dispuesta a proteger la madriguera milenaria, donde habitan la esposa y las hijas, dispuesto a proteger con sangre y fuego ese perímetro que creía de seguridad, y odia figurarse que sea traspasado por cualquier extraño, que de inmediato se ha clasificado cual un ladrón, un merodeador o un criminal? ¿La sorpresa y la ira son delitos, son arranques del alma primitiva y las buenas intenciones son el empedrado del infierno como ya se sabe, pero estas interrogaciones no tienen sentido si no las ubicamos en un corredor que es el breve espacio entre la barrera de la música en el cuarto de la hermana y unos gemidos que resuellan en amenaza?  ¿El padre somnoliento se convierte —por definición inmediata— en un asesino en potencia cunado avanza con tiento y temores, pistola en mano, hacia la habitación de su hija desde la que escucha un gemido extraño? ¿Una vez traspasado el corredor y girada la perilla inútilmente, un golpe a la puerta (para no alarmar al vecindario pero enérgico para amenazar) es suficiente para helar la sangre de los jóvenes enamorados, y él —que desde mucho antes ha imaginado una escena de persecuciones y tropiezos, una huida ante las furias paternas, imitando a su propio padre chapado a la antigua, y dispuesto a usar el cinturón para corregir con violencia cualquier falta grave— erizarse sus pelos y buscar a tientas las ropa, ayudado por la filtración de la luz lunar que le indica el sitio de los zapatos, pantalones y camisa?
¿A poco no es una táctica tonta de comunicación dictada por una situación absurda el preguntar “¿Estás bien?”, seguido de un terminante “Ábreme que estoy armado con pistola”? ¿Si hubiera un criminal tiene caso avisarle? ¿Si fuera una orgía adolescente qué sentido comporta el advertir? ¿Si es una enfermedad cual fiebre nocturna o sonambulismo inoportuno para qué las advertencias y la señal de autoridad con un arma?
¿Qué entendió Joaquina ante los gritos in crescendo de “Abre, abre, abre” tan repetitivos como amenazantes? ¿Por qué nada más gesticulaba hacia el amado Booz para apurarlo a que salga corriendo por el balcón, sin atinar a decir palabras ni inventar pretextos para alejar la amenaza seria y hasta mortal? ¿La culpa obvia por la complicidad con Joaquina retuvo a Galatea para no tomar parte y en no utilizar un pretexto previamente convenido para alejar a los progenitores o bien sí estaba atemorizada ante el padre, convertido en Cronos con pistola que amenaza con devorar a sus hijos?
¿No es una figura suficientemente ridícula y que convoca a la comedia el amante inexperto que ha sido atrapado in fraganti en mitad de la faena? ¿No es el súbito desvelamiento un motivo de risa bastante para transitar desde la novela rosa hasta el melodrama o, incluso, caer a la comedia grotesca? ¿Aunque vale de escudo el título de Primera Vez —junto con la sincera preocupación de una adolescente doncella con el ardor entre sus piernas, sintiendo que no sólo es efluvio, sino una sangre, rastro húmedo de intimidad— contra un inquisidor hogareño que husmea el signo inmediato de agravio, que por su sola presencia ya incita a quedar enmascarado por el término de violación? ¿Qué mente juvenil es capaz de sosegar las aguas agitadas cuando los golpes sonoros te derriban desde los cielos de la pasión mezclados con lava ardiente en las venas? ¿Qué adolescente no quisiera gritarle al mundo “Ya cállate, de una vez, ¿no te das cuenta que he despertado en mujer plena?” como si la edad se arrancara de un tajo, cual sábana matinal o la piel de las serpientes? ¿A quién no se le atoraría un nudo en la garganta, con la brisa primaveral sometida a los golpazos atrás de la puerta que son cada vez más amenazantes, cuando el sonido seco retumba y comienza a resquebrajar la madera? ¿Cómo no justificar las palabras pérfidas y ambiguas de Joaquina cuando se parapeta en un pretexto insano para distorsionar lo que teme será una condena fulminante sobre su amante que aún apura la ropa para facilitar su ruta de huida? ¿No es requisito justificar una frase pronunciada desde labios femeninos que dijo: “Me incorporo de este lecho de agonía”?
—¿Estás bien, hija mía? ¿Por qué no me abres de inmediato?
—¿Puedes aguardar que ya casi…?
—¿Algo malo te sucede, hija mía?
—¿Qué? ¿Está atrancada —a modo de fingido desconocimiento— la puerta?
¿Y si no la juzgamos con severidad, pues Joaquina es menor y en unos segundos transitan por su ánimo crispado, desde los destellos volcánicos del descubrirse hasta el terror de la muerte a manos de su propia estirpe, transitando por el espíritu protector y cómplice, mezclados con una incapacidad para mantener una retórica coherente? ¿Qué disfrazada maldición ha cometido la inocencia del padre que profana el acto privado del Primer Amor para convertirlo en un falso sacrificio y, peor aún, en el horrible sacrilegio, que se consuma conforme ella responde en términos que intentan tranquilizar, cuando comienza a decir “aguarda”, pero no se expresa con precisión, su voz mantiene matices agitados, tan roncos como demasiado agudos, entonces avivan más la desconfianza del progenitor por lo que calla o por el tono de las palabras?
—¿¡Qué no escuchas… que abras ya con un carajo… o yo…!?[3]
¿Cuánto su lentitud dilata al cronómetro imperioso de la amenaza, cuando el protagonista romántico se precipita enredadera abajo, sin la camisa abotonada, sin calcetines pero calzado y con decisión de huir que destroza la belleza del instante al convertir en cobardía de comedia lo que fue un arrojo sublime? ¿Tan profundo es el sueño del guardia en el muro que no ha escuchado todavía los gritos en el corredor como para representar la indiferencia el universo entero que dormita indiferente ante el drama privado que ocurre a intramuros en esa mansión, igual que en cualquier otra casa? ¿Qué otro pretexto válido le queda después de decir: “Me pones nerviosa, ya estoy tratando de abrir”; pero claro que es mentira, nada más mueve la manija en vano sin girar el botón de seguridad, cerciorándose de que esa puerta no cede ante los nerviosos golpes del padre, mientras alcanza apurada la ventana para agitar las cortinas para alejar los aromas del placer sustituyéndolos con la frescura del jardín? ¿Para qué decir media verdad si la pura verdad es que sí está más que nerviosa, olvidándose de su apariencia física, de que los flujos la manchan, que al ponerse una batita blanca y ligera, ésta ha quedado manchada con color tinto y esa mancha revela una señal alarmante? ¿Es el extraño diseño del universo que permite que el instante más sublime sea seguido del desenlace más patético, diseño bizarro representado en un detalle tan insignificante como la elección de la ropa de cama que trae tantas consecuencias, quizá una bata marrón y con motas coloridas jamás hubiera levantado las alertas y amenazas que siguieron del padre? ¿Para qué mantendría ella la luz apagada, como para simular que dormía y que nada sucedía, pero sabedora que su sudor en la frente y agitación de las manos la estaba denunciando, aunque siguiera pretendiendo que el sitio ha permanecido vacío y en “santa paz”?
¿Cómo detener al que irrumpe frenético, un Cronos sin vaticinios ni puntualidades, mera carátula de alma desvencijada, agitado ante el misterio insondable, buscando a los fantasmas del infortunio o a los zombis del inframundo para tundirlos a balazos? ¿La puerta cede con “violencia” y conviene llamarle también “violento” a ese entrar de luz del pasillo, definición contra la cual los objetos protestarán, pues el contexto sí es el violento, los movimientos de las cosas y la luz no merecen tal calificativo? ¿De qué telenovela americana provienen los pasos agitados de la madre, mientras la hermana mayor con sigilo se desliza desde sus sábanas? ¿Conjura de la iluminación artificial que recrimina acusatorias manchas amoratadas entre las sábanas y la bata, para que el padre agarre el brazo de Joaquina para exigir respuestas que no atinan a salir? ¿Son los inoportunos gritos preguntando acremente “¿Has sido atacada? ¿Cómo entró el malhechor?” los que causan el mareo y sensación de vómito de Joaquina? ¿Y no entristecerse ante las lágrimas de la madre que lamenta la violación de su hija, si ese dictamen es contundente pero equivocado, sincero y brotando desde un corazón atribulado? ¿Ante al bombardeo conjunto de padre y madre cómo no pronunciar una misiva de odio o de arrepentimiento, con un pretexto para echar hacia otros la andanada de insultos que inundan ese cuarto que perdió su estatus de templo simultáneo de Diana y Venus para tornarse en paraje de batallas sin destinatario ni enemigo presente? ¿Ante tantas emociones, cómo no arrancar la legua, temblar las palabras y atorarse con lágrimas que enmascaran al amor bajo el temor?
—¿Quién fue?
¿Ante tal flamígera espada que reconstruye hechos inimaginables para el padre, entonces cómo pronunciar el nombre bendito del amado virginal, cómo enlodar de esa manera la dicha momentánea del Primer Amor y convertir en reo de felonía al cómplice más tierno? ¿Si ella, la niña menor e inocente llora y llora desconsoladamente, entonces no prueba esa tristeza suficiente de que hay un crimen y un criminal al cual perseguir? ¿Qué más domina el escenario sino la jerarquía de impulsos guiando al padre para castigar al criminal? ¿El balcón abierto no es una denuncia suficiente para asumir que esa fue la vía? ¿No es imposible que un disparo en la oscuridad lanzado entre los arbustos sea un desquite irracional, pero de tales actos irracionales están plagados los reclusorios y los infiernos?
—¿Cómo se te ocurre disparar en medio de la oscuridad —inquiere la madre— una bala perdida para que algún vecino resulte herido? ¿No escuchaste de la tragedia del infante Neftalí, hijo de los vecinos que murió en el parque por una bala perdida percutida por un compañerito inconsciente?
—¿A ver si con esto revive el tarugo vigilante que luego yace dormido?
¿Sueñan los guardias con ovejas extraterrestres, pero se convierten en sus pesadillas imborrables los disparos en la oscuridad? ¿Despertar azorado al escuchar un tiro desde la residencia que debe cuidar para salir corriendo de inmediato en línea recta hacia la luz encendida del balcón de la niña menor y mover las manos desde la distancia y gritar con un interpelación boba ante lo que distingue como la silueta de su patrón?
—¿Están todos bien, patrón?
¿Cómo no sentir que se rompe el corazón de Joaquina cuando su progenitor ha lanzado una bala dirigida contra su amado, sin que importe que la probabilidad de atinar en la noche raya en lo imposible? ¿Cómo no iba a comenzar a gritar con más fuerza Joaquina, sin pronunciar palabras coherentes, más que gimiendo por su “Papá, papaíto” con la doble intención de traerlo hacia ella evocando el afecto filial y que dejase de lanzar balazos, confluyendo con la exigencia de la madre preocupada por las balas perdidas? ¿Y si en cada tormenta las ramas de los árboles se tuercen pero regresan al tronco a menos que la agitación sea de tal magnitud que la rama se rompa en definitiva? ¿Hay reconciliación si en apariencia se juntan las hijas y los esposos en un abrazo protector, buscando remedios y explicaciones, mientras se conjeturan, a excepción de las descendientes que sabedoras de la verdad se la callan empecinadamente? ¿Detener las conjeturas entre la madre y el padre que se preguntan febrilmente si se trata de un asalto anónimo o una situación diferente que comienza a cruzar por la cabeza de los padres? ¿Extraer la verdad entre unas pocas manchas y los sudores evidentes de la menor, si ella evita ser examinada bajo pretexto de su misma agitación?
—¿En qué momento vas a hablar a un…?
—¿Cómo se te ocurre —arrebatando con temor febril la palabra— exponer a nuestras niñas al escrutinio de la policía? ¿No sabes lo que es un médico legista y qué mirada obscena lanza sobre cualquier mujer, ya no digamos una pequeña? 
¿Sonreír ante disputas de quienes se aman? ¿No sonreírse ante las disputas de casados que generan un pleito secundario, como una ola discreta ante el impacto de un meteorito entre las aguas? ¿Qué negociaciones secretas de alcoba continúan en las disputas ante las contrariedades inesperadas? ¿Terminar la discusión con la salida obvia de la cuñada —de profesión psiquiatra del Hospital General—, que es el único pariente cercano con un título universitario alrededor de los traumas mentales que posee conocimientos para una primera evaluación en el delicado cuerpo femenino, cuando los padres todavía no logran o se atreven a mirar bajo la batita de su hija menor? ¿Ningún adulto sospecha del secreto escondido bajo la ropa de Joaquina, encerrando evidencia que muestre un evento distinto a la hipótesis principal convertida en gemidos, gritos y llantos? ¿A qué velocidad procesa una adolescente —por lo demás perfectamente normal y sana— esa mezcla de sentimientos sublimes mezclados con oprobio y presiones insoportables? ¿Cuánta diferencia hay entre mostrar plena la intimidad piel a piel y suavidad a suavidad amorosa, respecto de la mirada perpleja e intrigada de los padres que pretenden alcanzar una verdad dolorosa (ardua en cualquiera de sus hipótesis), pero obtenerla rápidamente para alcanzar la paz de una certeza perdida entre gritos, llantos y escándalo? ¿Y si la mirada de los progenitores es ardua ¡qué decir de la observación de extraños! aunque la esposa del tío no sea una completa extraña, sin embargo, encadenada a una serie de supuestos ajenos a una adolescente como son las definiciones de la psiquiatría o las valoraciones desde una estirpe distinta? ¿Cómo no comprender que Joaquina mientras se calmaba interiormente por fuera se mantenía exaltada y llorosa, resistiéndose a mostrar nada bajo la batita, insistiendo en no soltarla, aferrándose a esa mitad de tela como si se tratara de una tabla de salvación?
¿Perdonará el lector que dejemos sin descripción alguna la visita de la pariente psiquiatra para centrarnos en el desenlace de los jóvenes? ¿De cualquier forma, cómo narrar sin omitir lo prescindible para dar agilidad al relato y agradar al lector? ¿De qué manera se enteró Booz que Joaquina lo repudiaba sin descubrir que estaba embarazada y cómo fue que transcurrieron tres años mientras él preñaba a otra y se embarcaba en responsabilidades prematuras? ¿Nos acordamos que lo de Canadá fue una mentira piadosa, pero la media verdad que encerraba es que el joven entraría a trabajar a modo de un confinamiento en un rancho vecino, donde el destino travieso le depararía el encuentro con una rancherita, que lo celaría y acosaría para atorarlo en otro amorío adolescente, pero tan pegajoso que terminaría por interponer una fosa ante el “Primer Amor”? ¿Cómo convencer a la Lejana Mirada de la Decencia que: para Booz el silencio reiterado de Joaquina se convirtió en un foso insondable, pues el nuevo guardián de la mansión jamás dormía, por lo que frustró cualquier tentativa para saltarse la barda? ¿Cómo condenar la proactividad del padre que adivinó las intenciones de Booz atrapado in fraganti trepando por el muro unas semanas después del incidente, por lo que se las ingenió para endilgarle un delito con la bastante astucia y complicación para que el joven quedara proscrito de la ciudad durante larguísimos meses?
¿Si el itinerario de un corazón juvenil acosado se convierte en el camino de un ataque sistemático del olvido y el desamor, si la hermana mayor trae confidencias falsas en las que Booz se ha convertido en un burlador de barrio y un truhan que se mofa de haber desflorado a otras? ¿A qué hado nefasto culpar cuando el teléfono móvil ha quedado en manos de la madre por medida de precaución y, además, los sedantes que recetó la psiquiatra provocan largos periodos de sueño que impiden salir de la casa? ¿Con qué brevedad el complicado trauma se convierte en despecho adolorido y hasta rencor contra el seductor? ¿Cuánto duele el abandono y cuánto el silencio? ¿Y entonces si ha cesado la explosión de magma volcánica qué tan dura solidifica la lava, o —lo que es lo mismo qué— tan oscura es y repelente a la memoria de piroclasto líquido y explosivo? ¿Qué tan rápido un embarazo adolescente cambia las jerarquías de la existencia? ¿Cuán difícil es para una muchachita resignarse a quedar con el hijo de un adolescente que se aleja para siempre cual meteoro oscuro entre la negrura de la noche? ¿Qué tanta resignación y arrepentimiento deja un evento que es único, de tan único y excepcional levanta un cerco de temor que debe compensarse con otra catarata de sorpresas vitales, reajustes de existencia y hasta el reinventar el nombre, cambiar de domicilio y decidir que ese pretérito jamás sucedió?
¿Cómo el antes enamorado Booz regresaría, tras el paso de los años, sobre sus huellas luego de sospechar que nació un hijo de su Primer Amor, cuando ella se cambió de nombre para ser conocida como Rossana y bajo un apellido tan común como hija de Marte, pero inventado el apellido y radicada en una ciudad distinta, tan populosa que en el directorio telefónico hay decenas de miles con cada apellido? ¿Para qué volver al Primero Amor como nostalgia y recuerdo cuando el compromiso juvenil de sostener a una prole modesta absorbe las fuerzas y la imaginación desde la madrugada hasta el ocaso?
¿Hay preguntas antes del amor? ¿Verdad que antes del amor no existen dudas hondas y sublimes, por cuanto nada nos obliga a temblar hasta arrancar el alma? ¿Para el estanque de agua serena y aislada —que jamás fue acariciado por la briza ni el guijarro de Cupido— nada incita a la temblorosa interrogación o no? ¿En cambio, desgarrado el velo de la oscuridad, cuando surge la chispa primera, entonces comienzan a revolotear las estrellas y bajar para acompañarnos entre las noches más espesas? ¿Distinguimos a la duda filosófica frente a la explosiva agitación de ánimo, en sí tan dubitativa, tan inquieta, tan ansiosa por respuestas anticipadas y tan acariciadora de quimeras? ¿Cuántas marejadas de preguntas provoca el amor —nocturno en su luminosidad y fugaz en su eternidad—, ese dulce Primer Amor? 

NOTAS:


[1] Cuento nacido de un reto que hizo un amigo, cuando dijo ¿cómo distinguir la verdadera pregunta frente la inducción del discurso? Bajo esa distinción me retó a escribir un cuento únicamente con preguntas. Este relato homenajea al Romeo y Julieta de Shakespeare, donde la trama moderniza a sus personajes. Además respondo a la popularidad del juego adolescente de “Deshojar la margarita”, pues el amor adolescente es el que más preguntas provoca, hasta llegar a ese repetitivo ¿Me quiere o no me quiere? Mientras se deshoja la margarita.
[2] Extraordinario doble sentido del idioma inglés que en la misma palabra “wonder” incluye el preguntar y el maravillarse. Basta analizar el acierto de tal conjunción entre la interrogación y el entusiasmo para comprender cómo ese idioma ha alcanzado tal prevalencia en la modernidad. Asimismo, Descartes descubrió que la admiración, que aquí la maravilla es su sinónimo, representa la emoción originaria. Cf. René Descartes, Las pasiones del alma.
[3] Intencionada mezcla de interrogación con admiración para fusionar lo imperativo con las preguntas y alternativas existentes en ese instante.