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viernes, 19 de mayo de 2017

NAHUI OLIN BIOGRAFÍA: LLAMARADA DE PASIÓN






Por Carlos Valdés Martín

Quizá a los 10 años, adivina su destino, cuando Carmen Mondragón (antes de rebautizarse Nahui Olin con el signo náhuatl) se educa en una escuela de Francia y se describe a sí misma: 
“soy una llama devorada por sí misma y que no se puede apagar”[1]

Sí, su existencia desata incendios, el primero comienza afuera desde las acciones militares de su padre, Manuel Mondragón el general que protagoniza la Decena Trágica cuando provoca el asesinato de Francisco I. Madero y el martirio de su hermano Gustavo. Ese fuego bélico trae una secuela extraña cuando su padre golpista, siendo ganador de la contienda, resulta un estorbo para el dictador Huerta, quien lo presiona para sacarlo del país. En ese trance, ella, aún sin suficiente malicia, se precipita al matrimonio juvenil con el capitán Manuel Rodríguez Lozano.[2]   

El cambio de las sensibilidades posmodernas celebra a esas mujeres fogosas, entonces volverá su estrella a brillar conforme más destaque su dualidad entre incendio y catástrofe.

El desenlace en la vejez sobrecogedora de Nahui Olin empuja y engrandece la imaginación sobre la “llama devorada por sí misma”.  A veces, de lo sublime a lo patético basta un paso… y la congoja del corazón obliga a mirar lejos, al comparar al personaje envejecido y patético con esa flama de la mujer sol que fue Nahui Olin.[3]

El incendio principal proviene desde Nahui en plenitud de facultades descubierta como musa y artista… estrella fulgurante que enamora a la lente fotográfica que la retrata sin descanso, buscando el secreto de la mirada de olas marinas y el plenilunio de su desnudez escandalosa y deseable.

En el mediodía de la diva, sus enormes ojos verdes dominan el panorama y deslumbran a los pintores, fotógrafos y escritores más famosos del país. La frase más célebre sobre sus ojos sentencia: “De que Nahui Olin tenía el mar en los ojos no cabe la menor duda. El agua salada se movía dentro de las dos cuencas, y adquiría la placidez del lago o se encrespaba furiosa tormenta verde, ola inmensa, amenazante. Vivir con dos olas del mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil.”[4]



Ella es un incendio que atrapa al amante, el doctor Atl (Gerardo Murillo) arrastrado en el juego de la pasión suprema. Su vida íntima da mucho qué hablar, el apasionamiento delirante entre el amor y el odio provoca la curiosidad, hasta sellar su aureola de llamarada andante y disfruta el exhibicionismo. “Nahui y Atl eran muy fiesteros y Nahui recibía a los amigos desnuda, una charola de tacos y tostadas bajo sus dos senos.”[5] Cuando se acaloran van a refrescarse a los tinacos del viejo exconvento que habitan, aunque los vecinos se quejen. Vienen sesiones fotográficas de desnudos que la consagran, aunque la época se escandalice.

Por si fuera poco su extroversión, es inteligente y sensible, escribe y compone música, sirve de musa y de médium. Aparece en diversos murales de los consagrados, sus escritos parecen caer en el olvido empequeñecidos por el personaje escandaloso.[6] El medioambiente mexicano de 1920 no es apto para tales escándalos ni desnudez.

Cada relación amorosa de Nahui desemboca en crisis y tragedia. Resulta memorable cuando colocó un revolver amartillado en el pecho del dormido Dr. Atl. Años después, cuando estabiliza un romance con el capitán Eugenio Agacino, hacia 1934 éste fallece de manera súbita y ella se derrumba interiormente, en una conmoción próxima a la demencia.[7]

Luego sobreviene otra fase legendaria, de una vejez misantrópica sin relaciones personales, conversión en una extraña bruja de caricatura que únicamente se relaciona con los gatos. De Nahui envejecida se sospecha delirio y se confirma abandono. La diva del ayer se ha convertido en vieja esperpento y delirante a quien nadie quiere ni comprender ni recordar, ella deambula andrajosa por las calles disfrazándose como un sepulcro anticipado. Muere atenazada por la antípoda de la belleza y la fama, entre repudiada y olvidada, a veces hasta compadecida, lo cual resulta peor para quien guarda memorias de sus glorias pasadas.

Demasiada belleza —la de Nahui Olin naufragando entre el mar de sus ojos— fue “una llama devorada por sí misma y que no se puede apagar”.




NOTAS:


[1] El libro de Nahui Olin A los diez años, en mi pupitre (1923), trae ese pasaje. “Soy un ser incomprendido que se ahoga por el volcán de pasiones, de ideas, de sensaciones, de pensamientos, de creaciones que no pueden contenerse en mi seno y por eso estoy destinada a morir de amor. No soy feliz porque la vida no ha sido hecha para mí, porque soy una llama devorada por sí misma y que no se puede apagar; porque no he vencido con libertad la vida teniendo el derecho de gustar de los placeres, estando destinada a ser vendida como antiguamente los esclavos, a un marido. Protesto a pesar de mi edad por estar bajo la tutela de mis padres.”
[2] Un personaje complejo, con el don para despertar pasiones imposibles en el sexo opuesto, la más famosa tragedia fue la de María Antonieta Rivas Mercado.
[3] El apelativo “mujer sol” es el preferido en la excelente biografía de Adriana Malvido.
[4] Elena Poniatowska, “Nahui Olin vs el Doctor Atl” artículo sobre el libro del mismo nombre.
[5] Elena Poniatowska, “Nahui Olin vs el Doctor Atl”.
[6] El enfoque feminista encontrará grandes y buenas explicaciones sobre la oposición entre la musa-diva y la aceptación de cualquier talento.
[7] “En la navidad de 1934 Agacino sufre la menos poética de las muertes: intoxicación por mariscos. Nahui se queda esperándolo en el muelle de Veracruz. Allí la ve Germán Lizst Arzubide: deshecha, demente, sucia, sin un centavo, caída para ya no levantarse jamás.” En “Nahui Olin, desdicha y esplendor” Por José Emilio Pacheco , Proceso, 19 marzo, 2012

miércoles, 17 de mayo de 2017

LA COLECCIÓN MÁS RARA DEL MUNDO, PRESUMIÓ







Por Carlos Valdés Martín

Desde los años escolares descubrí a quienes acumulaban postales de países exóticos o monedas de reinos desaparecidos, entonces sentí curiosidad por los coleccionistas. Todavía, me simpatizan los excéntricos como quien colmó su hogar con botellas de perfume vacías hasta que fue imposible habitar el sitio, y supe de unos hermanos que en la Gran Manzana fabricaron peligrosas trampas con basura y el mayor murió en su propio cepo. Existen tantas aficiones por coleccionar como personas singulares en este mundo, sin embargo, con cuanta naturalidad miramos acumular: al chico, estampas de deportistas; a la niña, peluches; a la dama, vestidos y al millonario, fortunas. Los hay grandiosos como el constructor de sueños y el que reunión los oscuros sueños del subconsciente hasta inventar el psicoanálisis, por fortuna encontré a uno de esos personajes.  
El señor Andreu paseaba por el parque con pasos cansinos y torpes. Con el gesto de su diestra arrugada amagaba el atrapar palomas al vuelo, aunque no buscaba cogerlas sino provocarlas para el revoloteo. En esa cara sumaban surcos y pecas, sin embargo todavía le brillaban los ojos con alegría y desesperación por la vitalidad en su ocaso. Un asistente tímido se mantenía detrás, aguardando con sombrero fino por si le molestaba el sol, gabardina por si llovía y hasta una sillita plegable.
De entrada no llamaría la atención, pero lo reconocí: era dueño de un restaurante con música nocturna donde animaba una cantante con sonrisas perfectas. La artista figuraba también en programas televisivos, así que era fácil recordarla. Ese mediodía de ocio y sin nada mejor que hacer lo saludé:
—Usted es el dueño del Danubio Azul, restaurante en el día y canta-bar por las noches.
Levantó las cejas sorprendido gratamente, extendió la mano rugosa y saludó con suavidad:
—Hola, soy Andreu Palau. Es un gran placer, ¿es usted cliente?
En respuesta elogié su platillo de salmón almendrado y a la vocalista, así sonrió complacido:
— El aniversario está próximo y no debe faltar, será grandioso. Por favor, ese día hágame el honor y sea mi invitada.
Es común que los ancianos inviten a las jóvenes; ellos nos observan con ansia contenida.[1] Igual que destello del ocaso brillante y lejano, mientras más imposible de cumplir el deseo es más obvio. Esa actitud es previsible.
No acepté la invitación, para no ilusionar al caballero y dejar claro que no soy cazafortunas. Él no se desanimó y sacó una tarjeta personal con su nombre, atrás escribió fecha y hora. La entregó tras una caravana y, sin darse por rechazado, continuó hablando.  El señor contenía la mirada alborotada y contenta, mientras comentaba sobre el vuelo de las palomas y la aviación. Sonaron campanadas en una iglesia cercana y las utilicé de pretexto para alejarme sin descortesía. En la semana me ganó la curiosidad por ese evento.

Cada fin de semana Ollena actuaba de animadora en ese restaurante. Para el aniversario contrataron un espectáculo adicional de luz y sonido, con asistencia de canales locales de televisión.

El restaurante ocupaba la planta baja de una construcción enorme, extendida sobre una figura de gota irregular frente a una avenida poco transitada. Las luces intensas reflejadas entre los labios de Ollena dominaba el ambiente, mientras una pequeña cámara la seguía a cualquier rincón del sitio.
Al aniversario concurrieron personalidades del espectáculo en un muestrario de las aficiones de nuestra sociedad: corredor de motocicleta, boxeador, futbolistas, escalador de montañas, expedicionario, diseñadores de modas, locutor de deportes, actor de Hollywood, rector universitario, exgobernador… Un catálogo de las notoriedades fugaces en nuestra ciudad.

Transcurrió la noche entre números musicales y presentaciones de las personalidades ahí reunidas y sin que apareciera el señor Andreu, de quien se rumoraba estaba retirado.
Ollena anunció que la seguirían con cámaras y los asistentes deberíamos admirar por una pantalla enorme, instalada sobre la pared del fondo.

La animadora desapareció por una puerta y debí voltear el cuello hacia la pantalla. Muchos asistentes se levantaron de sus asientos y acercaron para mirar mejor.
La cámara daba saltos por el corredor y se escuchaba la voz distorsionada por el micrófono:
—A este sitio somos pocos afortunados los que accedemos… A unos pasos la gente acude al restaurante, pero bastan unos metros y cambia por completo el panorama… Vamos a dar vuelta por este pasillo, y este otro…
Abrió una puerta y mostró una cava de vinos, con hileras de botellas acostadas. Una breve explicación y siguió por otro pasillo. Anunció:
—Pocos de ustedes saben que nuestro anfitrión, el señor Andreu Palau, nació en Europa, sufrió las adversidades de la guerra, su familia fue perseguida y arribó a estas tierras refugiado. Emigró con una mano adelante y otra atrás, por no decir, que encuerado… Bueno, no tanto. Fue afortunado y tuvo mil aventuras, conoció a personajes distinguidos que le ayudaron a superarse y a escalar en la difícil cuesta. Después de alcanzar la cumbre buscó una orilla tranquila… un refugio y encontró este sitio, así que lo remodeló, donde colocó sus recuerdos y esperanzas.
Mientras decía eso Ollena abrió una puerta grande de doble hoja y mostró una sala enorme con cuadros pequeños adornando las paredes. Debía de haber miles de cuadros pequeños colocados en marcos dorados, como destinados para una iglesia. Temí que fueran retratos de celebridades desconocidas: adornos de flores marchitas multiplicados hasta el infinito. Mantuve ese prejuicio… hasta que… Un cuadro de pilotos de carreras se destacó y captó mi interés.

Después anunció que al interior pasarían unos pocos invitados selectos. Entre los nombres escuche casi con sorpresa el mío: Marina Aviña. El eco de ese aviso dejó un sabor a amabilidad mezclada con asombro.

En pequeño grupo descendimos entre corredores y puertas hasta alcanzar la sala enorme y pletórica de marcos dorados, donde esos reflejos invocaron: esqueletos de pececillos capturando tesoros, buceando en legendarias cavernas, propiedad del rey de los enanos.
La cantante dio la bienvenida y señaló al azar trofeos colocados sobre las paredes:
—Una medalla otorgada por el gobierno de Francia.
Para que pusiéramos una amble cara de asombro, Ollena aclaró que pocos mortales eran  introducidos a ese espacio: un ambiente resultado de andanzas y hazañas que beberíamos con gratitud.
Cuando señaló un retrato dijo “Bruce McLaren, un campeón del automovilismo”. La frase desató un recuerdo y perdí atención en lo que ella decía, entonces evoqué al novio corredor que me había botado y el cerro de pañuelos húmedos que amontoné cuando lo lloraba. Regresó mi mente y en impresión sepia aparecía de pie el dueño de la casa, con cincuenta años menos, dando la mano a un corredor de autos uniformado y atrás el vehículo con número grande en la portezuela. Supuse: debió de patrocinarlo.

La voz explicaba otro trofeo y saltaba al siguiente marco, así el recorrido empezó a fastidiarme y sentí nostalgia —esa amarga salsa del fracaso amoroso— por mi exnovio corredor. ¿Qué ingrediente predominaba en su galanura: del desafío o la velocidad? Recordé a Marinetti y el futurismo, con sus poemas adorando la aceleración. Visto con mesura no hay nada más trivial que la velocidad, pero ¿qué hace una cuando esa hilera de dientes brilla y ruge el motor? El aire acaricia la cabellera, él avanza y nunca vuelve… así son los guapos engreídos: primero rosas y después lágrimas.

El rato pasó volando y no supe en qué momento el camarógrafo hizo la señal para despedirse, recogió cables y se alejó sin aspaviento.
El señor Andreu suplicó permaneciéramos abajo, pues nos esperaba una mesa servida en la biblioteca y junto a una chimenea encendida. Se me acercó con pausa:
—A la señorita le gusta el plato de salmón y no se lo debe perder.
La galantería de los nonagenarios resulta lastimosa. Ya es predecible el final, por eso adelantar una decepción es cortés, pues ya encarrilados son peores las desilusiones. Una vecina contó de alguno que se suicidó y lo más embarazoso fue consolar a los bisnietos en el funeral. Adelanté una ironía:
—Lo comeré con gusto,  mientras no vaya a resultar que es carne vieja.
El anfitrión era listo:
—No se preocupe, el respeto es mi divisa; existen bellas cumbres de lozanía que no deben tocarse ni con el pensamiento.
Esa salida graciosa me tranquilizó y acepté la invitación, mientras otro participante insistió en disculparse. Ollena también se despidió para subir pues cantará en el restaurante bar.

La enorme biblioteca con estantes de piso a techo intimidaba a los otros visitantes: esas condensaciones de saber infunden temor y los rústicos las creen hostiles. Husmee entre los estantes mientras el dueño comentaba sobre primeras ediciones antiguas, libros incunables y manuscritos.
Un invitado joven trigueño de perfil dulce y mejillas sonrosadas, quien se presumió hijo de gobernador, ponía cara de borrego próximo al matadero en cuanto Andreu le aproximaba un libro añoso. No aclaró la causa de esa intimidación.
No intentaba ser descortés, pero por defender al invitado, se me escapó otro rasguño contra el anfitrión:
—Con seguridad ha leído poco de este enorme arsenal de textos.
—Con humildad, confieso que he leído menos —cambió una mueca dura por un suspiro suave— de lo que debería.
Sentí que con eso bastaba de hostilidades hacia el anfitrión, tocaba divertirme con los invitados.

Mostró otro grueso tomo y dijo eran memorias de Borges… ¿Memorias? No exactamente, sino un antiguo tomo empastado en piel, que izaba este título. Recibí con cuidado ese volumen, que reunía varios textos y una sección de páginas autobiográficas del argentino. Me llamó la atención un pequeño diccionario de definiciones límite. Esperando que nadie contestara para improvisar alguna interpretación, le pregunté al anfitrión:
—¿Una definición de Borges para frontera?
—Lo que está más allá de los límites, porque el otro lado de la línea fronteriza es la verdadera frontera, por tanto está un paso más allá de lo que creemos mirar, pero entonces ese paso más allá también es un engaño. Entre cada estrella se coloca un espacio sideral, que además se expande con el crecimiento del universo… Al modo inglés un landmark pertenece al rango de los imposibles, pero de esa clase tan útil para fraguar la existencia. ¿Si buscas la propia orilla jamás la encontrarás? Aunque debes buscarla sin cesar porque allá se esconde lo que te da forma… en fin, la frontera es la forma última, así define al código exterior de la belleza. El gaucho simboliza al hombre-frontera, así es el modelo de belleza del hombre mismo, en el acto último cuando deja de serlo. Eso empata con el primer Foucault, el de Las palabras y las cosas con su anti-humanismo, pero en sentido estrictamente estético.
Me sorprendió que el anfitrión interpretase una idea y la expusiera con agudos conceptos, al estilo borgiano. Le pregunté señalando el grueso tomo entre mis dedos adornados con nácar multicolor:
—¿Lo ha leído?
—Un poco de esto y de lo otro. Mi gran orgullo es que está firmado. Lo encontré viajando por Europa y lo compré por suerte. Poco después, en una ciudad Suiza entré solitario a un restaurante, ahí un acento argentino destacaba por encima del murmullo. Borges hablaba pausado y con tono seco. Me acerqué con ímpetu y la dama que lo guiaba, (entonces él ya estaba ciego) intentó deshacerse de mí, confundiéndome con algún periodista. Pero, con amabilidad, luché por aclarar mi calidad de admirador de la inteligencia y no le quedó más remedio que autografiar este tomo. Una coincidencia inverosímil cargar un libro extraño en un viaje lejano y encontrarse con el autor.
Abrió las hojas del principio y ahí dormitaba una firma con dedicatoria.

Sentados a la mesa procuré endulzar el ambiente para que el anfitrión no se llevara tan mala impresión mía a la tumba.
—Sus colecciones deben ser mejores que las de muchos museos y bibliotecas en varios países, usted cuenta con una acumulación increíble.
Subrayé y acentué la palabra “increíble”, para arrancarle una sonrisa y lo conseguí.
Explicó su afán de coleccionista que comenzó en la infancia, juntando simples piedras de colores a las orilla de los ríos: ágatas suavizadas por el roce del río que juntaba en un bote vacío y las miraba en las noches solitarias. Cuando obtuvo dinero subió de estatus y su búsqueda se enfocó hacia colecciones típicas con la idea de hacer inversiones, esperando que algún pintor bisoño triunfara o el broche de alguna estrella terminara subastado por millones. Luego comprendió que juntar era afición, especie de vicio, con el cual debería lidiar para que no le pesara.
—Porque juntar piezas termina pesando; además no existe lugar suficiente para guardarlas y conservarlas en perfecto estado.
La tercera invitada era una empresaria que se entretenía con su teléfono, casi ajena a la plática y mandando mensajes continuamente. De pronto intervino:
—Este sitio es enorme, antes he visitado sus bodegas y aquí cabe todo.
—Vale el término colosal, alguna vez junté autos clásicos y hasta restauré un barco de velas, como esos de las películas de piratas con todo y cañones. ¿Se imaginan una colección de barcos? Eso urdí hace mucho, pero las embarcaciones fueron un exceso, vaciaban mis recursos. Intenté reunir los ejemplares más diversos y, con modestia confieso, que es un propósito agotador. Las posibilidades para encajar las piezas y convertir objetos sueltos en una auténtica colección, digna de tal nombre, son casi infinitas. He comenzado tantas series que los fatigaría enumerándolas y, a mi edad, estoy obligado a seleccionar. Antaño bastaba un arranque y acumulaba jarrones chinos, en un descuido, ya alcanzaba miles de piezas. La meta de una colección digna es obtener el premio extraordinario o juntar la serie hasta que el conjunto sea sinigual. Con los sacacorchos resulta casi una pérdida de tiempo, hay que dirigir la búsqueda. Sin duda tuve muchos comienzos frustrados, incluyendo corchos, sacacorchos, cerillos y cucharitas, ante los cuales mis logros posteriores justifican cualquier esfuerzo. Por ejemplo, armar la colección de medallas militares otorgadas por Federico I de Prusia resultó una empresa memorable; si bien quedó incompleta fue satisfactoria. Reunir tallas en “palofierro”, obras artesanales de indígenas seri, una tribu casi extinguida de Sonora, fue una satisfacción. Además, encontré otros objetos extraordinarios y el desafío siguiente era ¿cómo establecer una colección con cada rareza obtenida? Si conseguí el gorro de Napoleón retratado en el hermoso cuadro sobre un corcel blanco ¿qué lo debe rodear? Cuando menos su uniforme memorable, pero conseguirlo es tarea imposible por la proliferación de falsificaciones. Al obtener una bandeja usada por Dostoievski durante su presidio en Siberia ¿de dónde demonios sacaría más bandejas de sus compañeros de celda, esos tristes olvidados, quienes permanecerán por siempre en el más oscuro anonimato? A partir de un único objeto especial elaborar una colección: eso es un reto, aunque debería ser tarea para museos más que de coleccionistas. En esa búsqueda creo haber conseguido temas dignos del Louvre. Ya saben que por motivo de las complicadas leyes internacionales, a veces el privado cae en un acto ilegal, quedando a merced del malentendido o hasta acosado por policías, que nunca ha sido mi caso. Si tengo dudas sobre la situación legal hago mutis y nunca compro. Una cuidadosa selección legal no te blinda contra malos entendidos, por eso evito mostrar algunas pertenencias, incluso he mantenido bajo llave y en silencio mi última tanda.
El joven preguntó con candor: —¿Y cuál es la última?
El anfitrión negó con la cabeza, hizo un gesto de tristeza:
—En un periodo de mi vida debí desandar un poco el camino; resultó indispensable hacer un concentrado de lo mejor, porque de tanto comprar, había tantas cosas en realidad inútiles y sin sentido. De mis anteriores colecciones armé una selección final con una finalidad. Los alquimistas se la pasaban años filtrando y sublimando una sustancia, eso mismo hice. El criterio ha sido la rareza, aplicando una selección que no es arbitraria; espero haber integrado la colección más rara del mundo, entendiendo que filosóficamente la rareza es la escasez filtrada a su más pura esencia. Cada pequeño cuadro representa la aportación del artista; cada libro encierra lo mejor de la inteligencia; las fotografías personales muestran lo mejor en mi vida. He dedicado mi pasión a colectar piezas especiales y a armar el conjunto, bajo concatenaciones que no son evidentes al ojo sin sensibilidad, alcanzando la rareza de lo irrepetible
Guardó silencio y se acomodó en su sitio. Suspiró y miró hacia la lejanía como recordando días mejores. Se prolongó la pausa de silencio y el anfitrión hizo una señal con la mano, entonces los camareros sirvieron la cena junto con vino tinto de cosecha.
La empresaria empujó la conversación hacia el tema de viñedos, al anotar que ella poseía uno en Napa, California. El retoño del político intentó desviar curso hacia la música de moda. Por mi parte, preferí molestarlos demostrando su ignorancia en  cultura gemeral.
—¿Sabían que Maquiavelo además de una comedia teatral también escribió un tratado sobre vitivinicultura?
El anfitrión movía la cabeza de lado, no me desmentía pero se mordía los labios tentado a contradecir y refrenar mis burlas.
Seguí con necedades:
—Es increíble, Marx fue aceptado en La Scala de Milán pero rechazó la oportunidad por un consejo de la mismísima Reina Victoria y, es evidente, que lo aconsejó mal. Hubiera sido un barítono renombrado y nos habríamos ahorrado esa monserga del comunismo.
Luego procuré ser menos irónica y bastante abstracta, agitándome con la elocuencia de mi argumento:
 —No viene el calentamiento global como pretende la ONU, al contrario, es el enfriamiento global, por la segunda ley de la termodinámica, lo cual para la física teórica y las leyes informáticas se convierte en la ley de entropía. Es que el desorden creciente viene por default, sin esfuerzo el universo se desordena, y lo que hoy es orden y progreso, como esta hermosa obra de colecciones, se precipita hacia el caos. La flor termina en humus, la humanidad deviene en basura, el arte acaba en olvido. El universo entero se está enfriando; la inteligencia suma lucha por sobrevivir consumiendo un exceso de energía, que luego muta en su opuesto: viene la entropía… el frío mortal del destino del Cosmos.
Andreu Palau intentó calmar mis sucesivos monólogos:
—Entonces… mi hija debió tener su misma edad cuando murió prematuramente; desde entonces quedé muy solo. La extraño, aunque nunca muestro su retrato entre las colecciones porque sería como profanar su recuerdo.
La plática entró a las confesiones personales. Procurando escapar del sentimentalismo excesivo hablé mal de mi propia familia en tono jocoso:
—Fuera de mi abuela, no puedo verlos ni en pintura, son unos controladores. No aceptan cómo soy… pero eso a nadie debería importarle.
Andreu anotó con tristeza:
—Yo me he quedado sin parientes. En la infancia a causa de los horrores de la guerra y en la cúspide de la vida por los intereses económicos. Resulta increíble que la riqueza se vuelva casi una maldición. Al yerno lo había empezado a querer y resultó un abogado sin escrúpulos, animando a los pocos consanguíneos para querellarse persiguiendo mis empresas. Bien se dice que “Los parientes como el sol, mientras más lejos mejor.”
La empresaria, insensible a la tristeza, festejó con risas y complementó:
—Con estas posesiones rodeándolo ¿para qué quiere parientes? Son más acogedoras que las tías chochas.
A coro aprobamos esa ocurrencia y la plática siguió despreocupadamente.
Ya en el postre, varios meseros se acercaron al oído del patrón, algo decían y se alejaban nerviosos. El anfitrión se ensombreció y perdió interés en la plática. Por momentos se levantaba, hacía llamadas y regresaba. De súbito nos enteró sobre la presencia de los uniformados de Hacienda para embargar en ese sitio. Exigieron apoderarse de todo, absolutamente todo… Ellos estaban arriba en ese momento, pero los empleados bajaban en grupos alarmados pidiendo orientación y se alejaban. Unos minutos más tarde vino uno trayendo un papel sellado, entonces Andreu se disculpó:
—Este asunto delicado requiere de atención, así debemos terminar la fiesta.
Un chef de cachetes gruesos y gorro blanco bajó, junto con el grupo que traía el papel sellado, quedó sofocado y con taquicardia, recostado en el piso y atendido por sus compañeros.
Salimos por una puerta trasera para evitar el alboroto.
Al amanecer siguiente busqué con curiosidad las noticias. Aparecía el evento en una nota breve del mundillo de los espectáculos, pero nada sobre la irrupción de la autoridad.
En la tarde, transité enfrente del restaurante y había grandes sellos de clausura. Busqué más noticias y nada encontré, al parecer la clausura era intrascendente para el público. En redes sociales fue sencillo localizar a la cantante Ollena y le dejé mensajes hasta que contestó. Ella explicó la situación delicada: la autoridad había clausurado el sitio y confiscado los bienes por impuestos y deudas; pronto todo el patrimonio de Andreu terminaría en remate. Le pregunté de modo directo para localizar al señor y fue evasiva, supuse que era indiferente o fingía protegiéndolo, quizá él permanecía escondido.

Días después Ollena mandó un mensaje con la dirección y número de cama del hospital donde internaron a Andreu.

Lo atendían en un hospital modesto de barrio humilde y, por si fuera poco, su cama estaba en un cuarto compartido. Se colaba aire helado por el corredor y las sábanas parecían inútiles contra el frío.
El brazo izquierdo pinchado a una botella de suero y un pequeño monitor indicaba su estado cardiaco. Le alegraba recibir visitas. Con voz débil y áspera, explicó:
—Quedé unos días entubado, sufrí un ataque de asma, pero ya estoy mejor. He perdido casi todo lo material y no tengo a nadie que me añore, aunque recobre la salud no terminará la agonía.
Explicó que el incendio de una lejana refinería destruyó sus principales inversiones y que sus antiguos socios, incluso el yerno, habían litigado en su contra por décadas. Al final, el gobierno surgía como ganador acaparando sus propiedades de modo abrupto y soez, le había expropiado sus empresas, acciones, cuentas y fincas. Un voraz ministerio de estado ya había comenzado el largo trámite que terminaría en el remate de sus posesiones, pero él estaba esperanzado por el posible auxilio de amistades para rescatar sus piezas, antes de que todas desaparecieran en subastas amañadas. Me dictó un par de teléfonos que recordaba.
Recostado flaco y desaliñado; era semejante a los demás enfermos ancianos que abundan dentro de los hospitales baratos. Ni brizna de mandón del negocio ni atisbos de rabo verde.  Resultaba inevitable que las pláticas se deslizaran por el sendero lastimero o de la nostalgia.
—Si tuviera dinero te lo daría para rescatar las bibliotecas y los trofeos en subasta pública, pero confiscaron las cuentas bancarias y este hospital cobra como hotel de lujo… Se devora la última tarjeta de crédito.
Prometí regresar y cumplí.

Al domingo siguiente dictó varios números, sin embargo sus supuestos amigos nunca aceptaron las llamadas. Uno era rico empresario y su secretaria escuchó con amabilidad mis cincuenta telefonazos prometiendo comunicarse. El gobernador, padre del joven que compartió la cena el día del incidente, tampoco era accesible. Los parientes mantenían el pleito irreconciliable. Algún empleado lo visitaba con la expectativa de que su ex patrón enfermo se recuperaría y reabriría otro negocio.
La otra persona atenta con él era la cantante Ollena, quien poco después me condujo hacia el asunto de la temida subasta pública. En esas fechas ella se quejaba por falta de dinero y yo por estar desempleada. Andreu ya había sido trasladado para convalecer en un asilo de ancianos con mínima atención médica. Él había hecho un encargo específico:
—Al menos consigue el cuadro con McLaren para mí y las “Memorias” de Borges para ti. El cuadro es importante.
El pujar en una subasta mayorista del gobierno era impensable y rescatar un objeto previo a esas subastas resultaba un enigma para unas neófitas. El almacén oficial estaba en los hangares de un aeropuerto inhabilitado y casi olvidado, aunque parecía más un basurero gigantesco que oficina gubernamental. Esas bodegas se alternaban en rectángulos austeros de galerones grises, con extensiones planas de cemento y pasto seco. Al interior se apilaba cualquier cantidad de objetos diversos.
El almacén simulaba una ordenanza mínima, pues ahí manejaban los enseres cual desechos contaminados: resguardados mientras los aniquilaban la madre naturaleza sumada a la rapiña. En los patios se apilaban hasta automóviles, unos sobre otro expuestos a la intemperie, polvosos y dañados por maniobras de grúas. Más allá una montaña de motocicletas heridas y sobrepuestas; unos metros después tres pirámides de bicicletas amontonadas mostraban sus fierros oxidados. Los cúmulos de ropa semejaban cerros de basura y dentro de los hangares miré acumulaciones de muebles sin pausa, ajados y rotos por las maniobras, también emitían olor a podrido quincallas y vajillas afectadas de lluvias pretéritas.
Un funcionario gris y un policía nos condujeron hacia el apilamiento con lo decomisado a Andreu. Mi ánimo se había ensombrecido, aunque me alegró el olfatear la inquietud reprimida de tales machos escoltando a dos princesa sin palacio.
Entramos a un enorme hangar y nos condujeron hacia el fondo sin ninguna alma alrededor. Los tufos a metal oxidado, madera mojada, sustancias químicas indefinidas y ropa pudriéndose atravesaban el recinto. Si el funcionario no hubiera garantizado que ese cúmulo correspondía al Danubio Azul jamás lo hubiéramos descubierto. Dudé mucho que tal masa caótica contuviera lo que buscábamos. Al aproximarnos más, una chispa de esperanza sustituyó al pesimismo: marcos dorados anunciaban el despojo buscado.
El funcionario frunció el entrecejo e indicó: —No se deben manipular estos bienes para subastar… tal cual es el —pronunció despacio la última palabra para dar énfasis— protocolo.
Después nos advirtió sobre la subasta con frases torpes:
—Cuando sí escasean compradores, luego lo abandonado pasa a pepena. Lo levantan los basureros y con gente municipal, como desperdicios por tratarse de bienes alérgicos y a la intemperie del intemperismo. Antes de eso cada tornillo es del gobierno, está prohibido su maltrato y se resguarda. Acabado el operativo, entonces sí, el techo del hangar —dijo con otra ironía que él mismo no comprendía— es espacio libre para limpiarse obligado y, presto, nada ha de quedar.
Al terminar la explicación pastosa, la amiga se acercó en privado y con la mano indicó que me retirara a distancia prudente. En el sitio no había más testigos que nosotros. Me aproximé hacia los montones de piezas tiradas seguida por el policía. Caminé en zigzag, mientras el funcionario se entendía con Ollena, lo cual sucedió rapidísimo.  
Al mirar más cerca, vi que todos los marcos de los cuadros parecían raspados. Cuestioné con un chispazo de ironía, aunque puse la mano en la boca para ocultar mi sonrisa de burla:
—Aquí evitaron lijar los marcos.
El policía fue el único que adivinó la intención, se sonrió con sarcasmo y apresuró a explicar:
—Los empleados de limpieza son tremendos, creyeron que eran molduras de oro, así anduvieron raspando y raspando, hasta enterarse que ese dorado no es chapa de oro sino simple pintura. ¡Esos ricos tan avaros! —al descubrirse gritando, bajó la voz, pero no se interrumpió— Los ricos fingen vivir rodeados de oro y los pobres juegan a las pirañas con frustración.
El funcionario reconvino la indiscreción del policía, le pidió no intervenir más en la plática y siguió una pausa de hostilidad silenciosa. Para mis adentros preferí la sinceridad del policía al disimulo oficial. Pregunté indignada si no había una rapiña previa a los afanadores, pues entre lo decomisado debió haber objetos muy valiosos y no parecía quedar nada de eso:
—¿Qué sucedió con lo realmente valioso? Pareciera que revisaremos una colecta de basura o poco menos.
En los pómulos del funcionario se asomó un rubor casi imperceptible, y comenzó a divagar ante mi pregunta, luego el policía regresó a las andadas:
—Todos sabemos que los jefes primero escogen lo mejor, igual que el león con la presa cazada, primero agandalla lo mejor; para los buitres pequeños quedan los pellejos y huesitos flacos… o lamentarnos al pasar.
Con “agandalla” se convierte en verbo al “gandalla”, término que designa al abusivo. El funcionario reintentó acallar la sinceridad del vigilante con otra mirada. La artista procuró ser encantadora y con una andanada de sonrisas suplicó revisar entre el tiradero. Insistió un poco, insinuó que sería agradecida con ellos y logró se nos permitiera hurgar entre las cosas amontonadas.
La vista del despojo de colecciones semejaba a pilas de cadáveres en la etapa final de los campos de concentración. En cuanto pisé esa zona de desperdicios, me invadió un zumbido de oídos y asomó un dolor de cabeza. Era desagradable ese contacto: tocar con las manos objetos dañados. Los dedos se manchaban con una sustancia gris y húmeda. Con dificultad me sobrepuse al malestar y apresuré para cumplir lo prometido.
Desesperé de mover libros sucios y golpeados, intuí que manos avariciosas habían abierto y desparramado los volúmenes imaginando que alguno escondía disimulada una cajita de caudales. Fue imposible encontrar el volumen encomendado y me conformé con un ejemplar interesante y casi intacto rotulado “El Quijote”.
Ollena estaba más activa y se concentró en hurgar los enmarcados, pronto encontró uno donde ella compartía con Andreu y estrellas del espectáculo, así que lo apartó.  Volvió a mancharse las manos y mover despojos hasta que con rapidez sorprendente también rescató el retrato con McLaren.
Los funcionarios ofrecieron esperarnos para seleccionar más, pero Ollena se sintió mareada. Agradecimos por mera formalidad y pedimos nos escoltaran a los baños para alejamos de prisa. Lo que habían indicado como trámite casi imposible resultó sencillo e inmediato, en lugar de engorrosas gestiones, el funcionario recibió un billete y lo repartió con el policía.

Imaginé que El Quijote antiguo serviría de consuelo en el asilo.
Antes del invierno Palau semejaba un cadáver y permanecía bajo cobijas de lana cruda casi sin movimiento y para escucharlo debía acercar el oído junto a su rostro.

El asilo era un lugar ingrato, aunque no tanto por las grietas en las paredes y goteras en los techos, sino por las dolencias de sus habitantes. Hubiera preferido evitarlo pero sentí obligación moral de acudir cada fin de semana. El pasillo hacia la habitación me recordaba pasajes del purgatorio de Dante: sillas ocupadas por incapacitados, con miradas vacías y en espera de su final. Bastaría declarar castigo eterno esa situación para incluirla en la Divina comedia. Los ojos de los viejos escurren lágrimas con facilidad y no buscan un motivo especial para llorar. Un anciano anónimo y abandonado, sin fuerzas para levantarse de la silla, saludaba con afabilidad a desconocidos; recuerdo su sonrisa amplia y sin dientes: imaginaba que éramos su visita esperada, esa que jamás llegará.
Andreu decaía con rapidez, los cumpleaños se coagulaban entre las arrugas y sus movimientos torpes avisaban lo irremediable. El cuerpo le respondía poco, la mente se aburría en ese confinamiento tan monótono. Quería platicar y pedir a los cielos amparo, cada vez me solicitaba buscar a sus amigos influyentes, a quienes en el pasado prestó dinero e hizo favores. Daba nombres de personalidades encumbradas y encargaba interceder, pero se repetía el mismo desenlace: nunca contestaban o fingían desconocerlo.
A ratos recobraba lucidez y contaba pasajes interesantes, como cuando niño permaneció días y noches en una madriguera de animales para escapar de milicianos franquistas. En las pláticas surgían retazos de encuentros con artista conocidos como Pablo Neruda y  Diego Rivera, también escenas con políticos como Lázaro Cárdenas y Lombardo Toledano. En las charlas evocaba las facetas de esposo, deportista, empresario, obsesivo, exiliado, aprendiz de brujo o aficionado al licor. ¿Qué son las memorias sino una colección inmaterial que avanza sin orden ni propósito? En esa acumulación insensata de eventos y experiencias, algunas piezas se convierten en la clave y principio de orden. ¿Cómo encaja en la posición central un recuerdo insignificante y vuelve con insistencia como si fuera la clave de una existencia? La pregunté por lo más importante en su vida entera y dudó, clavó la mirada en el techo por unos minutos. Quiso referirse a todas sus colecciones, pero le exigí precisar una sola cosa, una única e indivisible. Rondó sobre el éxito y el fracaso, comentó la fotografía con el corredor y su explicación —estoy convencida— mostró otro pliegue de su agonía:
—Mi relación con él fue de otra índole, pero al poco tiempo murió en la cumbre de sus éxitos; eso fue tan injusto y, además, era el padre biológico de mi hija.

En las visitas, reaparecían los recuerdos de las piezas y colecciones. De las que se deshizo por voluntad, no le dolía; en cambio, le carcomían las perdidas por el dictamen autoritario. Platicó de una espada que atribuía a Napoleón, la cual blandió en su regreso de los Cien Días, cuando tras su primer destierro regresó a Francia esperando la reconciliación con su patria. Al desembarcar Bonaparte no dirigía grandes tropas y un puñado de leales le seguía, pero el rey mandó un ejército para apresarlo. Ante una multitud de militares enviados a detenerle, Napoleón habló y agitó la espada, les recordó a los soldados y oficiales las campañas cuando compartieron todos los peligros y sobrevivieron. Su discurso fue tan encendido y sincero que el ejército aclamó al prófugo, para unírsele en la aventura que conquistó Paris, aunque luego terminó en el descalabro de Waterloo. Hay relatos de esa hoja acerada agitándose hipnóticamente bajo el sol del mediodía francés, contribuyendo al discurso arrebatado y casi mágico de Bonaparte. Esa arma podría  reclamarse como tesoro nacional por los franceses nostálgicos, así que permaneció oculta hasta… lo que ya sabemos.
En otras ocasiones se refería a objetos que rayaban en lo imposible, como el último fragmento de la piel de zapa, difundido en un relato de Balzac. Esa mítica piel confería cualesquiera deseos a su poseedor, mientras se reducía de tamaño y acortaba el tiempo de existencia. Ese objeto daba una ecuación fatídica: conforme más se desea, más se acerca el final. Entonces se aplica la conseja popular: “Ten cuidado con lo que deseas, que se podría cumplir”. La pieza, reducida a su última y mínima expresión, resulta peligrosa en la proximidad, así que permaneció confinada en una caja fuerte. Bajo advertencia, ese era un objeto inútil, a menos que cayera en manos de un suicida ansioso por cumplir su “último deseo” antes de morir, en ese caso, sí de modo literal.
Imaginé una bonita peripecia y el castigo final para el responsable del saqueo contra Andreu. Supuse una noche de octubre, cuando el gandalla mayor ordena a sus lacayos que abran esa caja de caudales tan sospechosa. Con sopletes los lacayos fuerzan y desde un oscuro vientre metálico sale la piel de zapa, con breves instrucciones: “Cualquier deseo se le cumplirá al dueño; basta colocarlo junto al corazón, desear fervientemente y pronunciar el deseo en voz alta”. El gandalla toma el pellejo mágico y lo aprieta, esboza una sonrisa malévola, como de caricatura y hace la invocación: “Quiero gobernar con mano despótica el mayor imperio sobre la tierra, con capricho para matar y saquear cualquier rincón del planeta, dueño de todo y sin nadie capaz de levantar la mirada ante mi mando…” Termina su invocación, resuena la consabida risa maligna, y entonces él se convierte en Gengis Khan, el mongol que manda sobre el mayor reino visto sobre la faz de la tierra. Cumplido el hechizo, el guerrero conquistador reposa en su típica yurta, hecha de rústicas pieles y maderas; está acostado y en silencio, rodeado por la semioscuridad. Descansa y lo adornan sus insignias de jefe indisputado, además de sus amadas armas, pero pernocta casi solo y, lo más importante, está agonizando el Khan. Un mal incurable ha hinchado su cuerpo, a prudente distancia lo rodean concubinas y algunos nietos sollozando su próxima muerte. Cada poro está saturado de sus propias toxinas, sus miembros no pueden estar más hinchados y su cara es una masa de pus a punto de estallar. Los médicos ya no abrigan esperanzas ni remedios útiles para ese guerrero agónico; afuera de la yurta, los capitanes esperan el desenlace fatídico para disputarse los reinos… Sonrío imaginando una larga agonía del gandalla metamorfoseado en Khan.

No recibí ningún aviso previo. Esa vez en el asilo los empleados me franquearon el paso como antes, pero otro anciano dormitaba en ese lecho. El libro de El Quijote ya no estaba, tampoco el retrato de McLaren colgado en el clavo de la pared. Retrocedía alarmada y en el pasillo pregunté entre las enfermeras hasta obtener alguna aclaración: el amigo no atravesó ese invierno.
Regresé un minuto después al cuarto, para conservar la última impresión. Miré la pared desnuda y el clavo inútil, entonces me vinieron a la cabeza sus palabras: “Una vez conseguí un cuadro de Rembrandt comparable a la Ronda nocturna, del cual jamás te hablé; me gustaría, Mariana, que recuperaras esa colección rara para entregarla a un museo de renombre mundial: eso lavaría cualquier culpa y sería magnífico.” Al terminar de decirlo escurrió una lágrima de vejez, mientras suplicaba que accediera. Esa vez, pronuncié la promesa vana para dejarlo tranquilo con una mentira piadosa. Para evadir una mala idea luego me imaginé enfundada en las zapatillas de una coleccionista, y ella se alegraría porque entre el basurero de subastas del Estado se escondían tesoros.
Mientras me alejaba, en la radio una voz modulada daba avisos y consejos que nadie había solicitado. Por lo común, las palabras de las ondas hertzianas suelen tranquilizarme, sin embargo, algo conmovió las fibras íntimas: la estación fría nunca terminará.



[1] Por una convención mental resulta inusual que los escritores varones empleemos un narrador femenino, mientras que lo contrario ha sido usual, conforme el narrador neutro suele dar una impresión masculina. Por salir de lo usual este relato es guiado por una protagonista inteligente.